martes, 18 de octubre de 2011

Sobre las erratas

de Luis Alberto Musso Ambrosi 
(director de la Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay)

 
Como al hombre no le es dable vivir sin errores, nos movemos entre ellos durante toda nuestra existencia; sin embargo, no los aceptamos y nos sentimos molestos cuando ocurre. De equivocación en equivocación sufrimos la vida, pues creemos que todo nos resulta distinto a lo previsto; desde ángulos más optimistas sería mejor amoldar nuestro modo de pensar (y perdonen si es confutación) a filosofías fatalistas, manera de contentarnos con el producto bueno o malo que el azar depare a nuestras aspiraciones. El preconcepto de considerar siempre como error lo que no llena los deseos es quizá el mayor de todos los errores.
Luchar contra el destino, y esto es casi lo mismo, es para muchos rechazar la voluntad de los dioses. Pero hasta los dioses se equivocan, pues las mitologías desbordan en narraciones colmadas de yerros. También la historia de tiempos pretéritos y la presente trasuntan desaciertos, y las acciones de hombres y pueblos, inadvertencias y descuidos. De toda esta confusión sólo queda algo positivo, la experiencia, resultancia o producto entre lo proyectado y lo ocurrido. Es cosecha de verdades, aunque sean imperfecciones o exactitudes.
Dejemos los errores para pasar a la forma de ellos que hoy nos interesa, la ERRATA, inventada por los hados para carcomer la conciencia profesional de escritores e imprenteros y por cuya implacable aparición sufren los correctores. Estos demonches traviesos se ocultan entre las letras, palabras y frases, y viven por todos los planos de las hojas impresas si no se les ahuyenta a tiempo.
Es el corrector oficio de mérito y responsabilidad, requiere conocimientos amplios para llegar a ser de los buenos. Pero además deben poseer cualidades para sostenerse con paciencia entre los escritores que inventan palabras, desajustan términos, entreveran frases y castigan la gramática, y también tipógrafos y linotipistas distraídos o cansados.
Son muchos los autores de pluma ligera que pasan por olvido vocablos de dudosa ortografía, o aquellos impulsados en el torrente desbordante de ideas que ponen poco cuidado en la construcción de la frase o conjugan mal un verbo. Los hay inventores de voces, o repetidores, insistentes en el uso de pronombres, conjunciones, artículos y adjetivos, pero no exageremos sin recordar que el magnífico Cervantes, señor de nuestra lengua, utilizó para el Quijote entre otras muchas, las palabras y cantidades siguientes: 21.797 "QUE"; 21.435 "LA"; 18.418 "DE"; 18.007 "Y" y 10.796 "EL", eso sí en un total de 378.486.
Tenemos en nuestro idioma español tantas formas de decir las cosas, de darle fluidez, encanto, tergiversar, eludir, suplantar, alambicar, extender y abreviar como en ningún otro. A ello sumamos sinónimos, semejantes, equivalencias, modismos, frases hechas y refranes, inacabables serpenteos que confunde al más apto y que permite a la mayoría que escribamos sin mirar mucho la gramática, que al fin no son los puristas los más leídos aunque sí los mejores descifrados.
Como todo oficio, el de corrector posee cualidades específicas y reglas de precisión que infelizmente no dominan los autores y por ello las omiten cuando revisan galeras; cada clase de equivocación tiene el correspondiente signo que acompaña a las salvedades, pero ¿cómo pueden manejar los ajenos esos intrincados ganchos, líneas, círculos y raras formas para ajustar cada clase de errata, interpolación, sangría, blancos y demás? Algunas veces se entablan pugnas entre autor y corrector por distintas interpretaciones de homónimos; en esas oportunidades se suma una corrección a otra, y van y vienen las pruebas con tachaduras cada vez más fuertes que denotan el enojo de ambos.
Las equivocaciones lamentables son frecuentes, ocurren en los títulos, cabezales y lugares destacados, letras de cuerpo mayor difíciles de abarcar en un solo golpe de vista. Tenemos en este bagaje otra clase de erratas: líneas invertidas, repetidas, torcidas, letras de distintas familias, rotas, mal espaciadas... Y los hay peores: libros sin portada, omisión del nombre del autor o del título de portada, mal fechados, paginación alterada, pliegos transpuestos y no queremos entrar a desmenuzar el noble arte de la tipografía en todo lo que tiene que ver con distribución de párrafos, capítulos, blancos, eliminación de calles e infinitos aspectos conducentes a embellecer los impresos.
Llegando el libro terminando a manos del autor, éste -con preocupaciones que ya no caben en perfeccionamiento- lo revisará minuciosamente en un acto de inquietud y penoso desasosiego. Cada errata será amarga, muy amarga por insalvable. Mas triunfando la responsabilidad aparece el remedio: la "Fe de erratas", la erudita "Corrigenda" o de manera menos comprometedora las "Erratas notadas", a veces "Erratas notables". Modestas maneras, estas dos últimas, de admitir que existen otras. Esta hojita final no es carta de recomendación.
Los impresores españoles suelen denominar a la "tabla de correcciones", "TABLA DE HUMILLACIONES". La errata se llama también MENTIRA O MOSCA. Si proviene del autor, con algo de indulgencia le decimos LAPSUS CALAMI; si del linotipista, MOCHUELO.
Historiadores de la imprenta, bibliófilos, entendidos aceptan la errata y hasta se distraen con ella; las coleccionan y forman libros. A este respecto es interesante la obra del austríaco Max Sengen, quien nos divierte con ejemplos de escritores famosos, para muestra el siguiente: "Con un ojo leía, con el otro escribía" (A orillas del Rin, de Aubrack).
La equivocación más antigua dentro del ciclo del libro impreso data de 1457, pertenece al Psalterium llamado de Maguncia, editado por Juan Fust y Pedro Schoffer; al finalizar la última página, explican que la obra se realizó mediante el arte de la imprenta y no copiándolo a mano. En ese colofón puede leerse "Pns Psalmor codex..." (sin abreviar, "Praesnens Psalmorum codex"...).
Las erratas en los libros son anteriores a la invención de la imprenta y siempre acompañaron a la escritura. En Roma los copistas solían equivocarse, por eso ya existían correctores, los cuales dejaban constancia de su labor en notas escritas adjuntas al texto revisado. En los códices del medioevo son comunes los errores y
éstos pasaron sucesivamente a nuevas copias integrándose como formas sanas del texto; a pesar de las depuraciones que de tarde en tarde realizaban los eruditos, sus esfuerzos no fueron siempre felices.
Algunos autores sostienen que la "errata" desempeñó papel importante en la invención de los tipos movibles; las planchas xilográficas de las primitivas ediciones, cuando sufrían errores, obligaban a extraer el trozo equivocado para reemplazarlo por otro con la enmienda, lo que condujo a la idea práctica de dividir el texto a la mínima expresión de la escritura, o sea, letra por letra.
Como ejemplo del esforzado trabajo imprenteril, citamos aquí la obra escrita en catalán Rudiments de tipografía pers als educands de l´escola obrador del grup benefic (Barcelona, Patronat d´Assiténcia Social, MCMXXXIV), de Luis Badía I Ferrer, destinada como lo expresa el título a la enseñanza de la tipografía; este libro se halla acompañado de su tabla "errades sobresortints" detallando nada menos que veinte equivocaciones.
Seguro ha sido que el futuro no tomó de sorpresa a los aprendices. Bueno es entonces repetir el proverbio latino IN ARDUA VIRTUS.

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