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sábado, 27 de octubre de 2012

Juan Rulfo y la falacia del editor



Felipe Vázquez
Universidad Nacional Autónoma de México



El texto absoluto
Cuando descubro una errata en un libro, dejo la lectura, pues no sé ya si estoy leyendo la obra de un autor o las inepcias de un editor”. Publiqué esta frase hace unos años, cuando andaba en busca del texto absoluto. Absoluto no en un sentido metafísico sino en términos editoriales. Y las ediciones críticas fueron lo más cercano a la idea del libro definitivo, como si el autor fuese un dios cuya palabra es infalible y exacta. Desde esta perspectiva y con referencia a la tradición gnóstica, me parecía que editar un libro con erratas era como falsear la creación, aceptar que nuestro universo fue publicado por un editor inepto. La edición crítica adquirió, al amparo de mis obsesiones textuales, el prestigio de una Biblia; el soporte de un texto sagrado cuya alteración, así fuera piadosa, podría desencadenar el caos en ese Texto que otros llaman universo.
Uno de los muchos propósitos de la edición crítica consiste en fijar un texto literario, con sus variantes anotadas al margen, para poder realizar interpretaciones fiables. No es lo mismo, por ejemplo, hacer la interpretación de un poema con erratas y saltos de línea, que hacerla a partir de un poema tal y como lo dispuso el autor. En el primer caso se corre el peligro de interpretar las omisiones y equívocos del editor; en el segundo, en cambio, el crítico puede asomarse al universo lírico del poeta. En Para nacer he nacido, Pablo Neruda daba un ejemplo de cómo una simple vocal puede cambiar no sólo el sentido completo del poema sino arrojar una luz equívoca sobre las preferencias sexuales de un poeta, pues no es lo mismo escribir “Yo siento un fuego atroz que me devora” que ver publicado “Yo siento un fuego atrás que me devora”.


(sigue ACÁ)



© Felipe Vázquez 2003
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero25/falacia.html


lunes, 23 de julio de 2012

La errata, de Emilio Frugoni


Es un duende maligno y solapado. Salta
en medio de las frases que el ingenio combina,
con una terrible voluntad asesina
hunde en plena belleza el puñal de una falta.

La construcción magnífica del pensador asalta.
Al globo del estilo clava traidora espina.
Y en el concierto mágico del verbo desafina
emitiendo una nota perturbadora y alta.

Es incansable artífice a golpes de martillo
y de cincel ilustra su castillo encantado,
y él de un papirotazo desbarata el castillo.

En el cáliz del numen su ponzoña deslíe
y en el templo de Apolo, tras el dios colocado,
con una mueca infame, grotescamente, ríe.




Emilio Frugoni 

miércoles, 25 de abril de 2012

Flaubert y las erratas


Contra lo que esperaba, la primera lectura de mi obra impresa me ha resultado sumamente desagradable. No veo en ella más que las erratas de imprenta, tres o cuatro repeticiones de palabras que me han chocado y una página en la que abundaban los que; en cuanto al resto, era negro y nada más.

(Gustave Flaubert, Madame Bovary,
trad. de Consuelo Berges, Madrid, Alianza, 1981.)


Titivillus


Titivillus was a demon said to work on behalf of Belphegor, Lucifer or Satan to introduce errors into the work of scribes. The first reference to Titivillus by name occurred in Tractatus de Penitentia, c. 1285, by Johannes Galensis, John of Wales. 
Titivillus has also been described as collecting idle chat that occurs during church service, and mispronounced, mumbled or skipped words of the service, to take to Hell to be counted against the offenders.
He has been called the "patron demon of scribes," as Titivillus provides an easy excuse for the errors that are bound to creep into manuscripts as they are copied.
(...)


Según parece, Titivillus era el demonio al que Satán le encomendó introducir errores en el trabajo de los escribas. 
Por lo tanto, debería ser el santo patrono (?) de los correctores...
¡Alabado sea, en todo caso, por ayudarnos a llevar el pan ázimo a nuestras mesas!

(Debo la referencia a Javier H. Marín, @Marinjav, y el texto, por supuesto, a la Wikipedia, donde se puede seguir leyendo.)


viernes, 20 de abril de 2012

Chandler y los correctores / 3


Pasando a las erratas, creo que la jerga que yo escribo es un tanto ardua para los correctores de pruebas ingleses y que algunas cosas mías son deliberadamente cambiadas por algún tipógrafo o corrector de pruebas del impresor, convencidos de que yo he cometido un error. Por ejemplo, en la página 11, octavo renglón, aparece la palabra wag (bromista), que en el contexto no tiene ningún sentido. La palabra que correspondía era vag, forma abreviada de vagrant (vagabundo); en este estado, como en muchos otros, un vagrant o persona sin medios visibles de sustento o sin domicilio fijo puede ser aprehendida y recibir treinta días de cárcel. Pero resulta claro que el que lo cambió (a menos que el error estuviera en mi manuscrito) no sabía lo que era vag y lo cambió por wag.

(Raymond Chandler, carta del 1/9/1956 a Roger Machell,
 op. cit., pp. 198-199)



jueves, 19 de abril de 2012

Unamuno y su corrector


Unas palabras —más de cuatro—, mi estimado y paciente colaborador, sobre su función respecto a mis artículos. En los que, ya impresos, suelen aparecer erratas que si son leves, como una de hoy en que aparece resuelve donde escribí revuelve, otras obedecen, me figuro, a no tener a la vista, al corregir las capillas, mis originales y observar ciertas peculiaridades, algunas heterográficas, de este mi dialecto personal que el otro día me dijo Menéndez Pidal que es un super-castellano. Así, un día cuando yo escribí engeño, añadiendo que es voz desaparecida, me pusieron ingenio, que es la actual; otra vez pusieron desesperado donde yo decía desperado; en mi artículo sobre el mozo de la pedrada se me corrigió el melencónico —que es la forma corriente en el campo salmantino— por el oficial melancólico. Y etc.
Le ruego, pues, que tenga a la vista mis originales, ya que es naturalísimo e inevitable que el tipógrafo se deje llevar de lo corriente y lea lo que está habituado a leer. Y no pretendo que se me respeten ciertas peculiaridades heterográficas como escojer, cojer, recojer, lijero, etc. (como acentúo telégrama, y así lo pronuncio).
Y a este caso, le contaré lo que una vez me ocurrió al enviarme segundas pruebas de un libro. En el que yo suprimía ¡claro está! todas esas letras absurdas como las p, b y s de septiembre, obscuro, inconsciencia, suscriptor, etc. Había tachado una p de septiembre, y en segundas pruebas me la vuelven a colar con un marginal “¡ojo!”. Volví a tacharla, y el “¡ojo!”, y en vez de éste, puse: “¡oído!”
Y basta de tiquismiquis gramaticaleros. Procuro escribir con estas patitas de mosca lo más claro posible —aborrezco la mecanografía tanto como la telefonía— y espero que me tolerarán mis dialectismos individuales y hasta mis peculiaridades heterográficas.

(citado por José Martínez de Sousa, Diccionario de tipografía y del libro,
Madrid, Paraninfo, 1992)





martes, 17 de abril de 2012

Highsmith y las erratas


La probabilidad de que se produjesen erratas, aun a pesar de una rigurosa corrección de pruebas, iba a ser el tema de un ensayo que Vic pensaba escribir alguna vez. Había algo diabólico e insuperable en las erratas de imprenta, como si formasen parte del mal natural que impregnaba la existencia del hombre, como si tuviesen vida propia y estuviesen decididas a manifestarse como fuese, con la misma inexorabilidad con que las malas yerbas crecen en los más cuidados jardines.

(Patricia Highsmith, Mar de fondo, trad. de Marta Sánchez Martín,
Barcelona, Bruguera, 1986.)